LAS CUEVAS DEL CIGARRÓN

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Trabajar el patrimonio de una localidad, tal y como lo abordamos en un taller como el que lleva en marcha ya varios años en El Palmar, suele conducir a que las miradas de los participantes se centren con mayor frecuencia en el marco espacial de su casco urbano. En efecto, es donde han sucedido casi todas las historias que hemos venido compartiendo este tiempo; donde vivía el grueso de las familias y también se ubicaban casi todos los comercios, las primeras industrias, los crecientes equipamientos. Y es el ámbito en el que más rápidamente pensamos cuando tratamos de recrear mentalmente aquella vida vecinal y cotidiana de la que tanto conversamos, el espacio donde tenían lugar los festejos, los rituales, los mercados… en fin, el día a día de otra época en torno a calles y plazas, al amparo de fachadas o bajo un mar de tejados y terrazas.

Con todo, nunca hemos dejado de lado la condición de lugar de paso de El Palmar, ni que se trata de un enclave en el que confluye el carácter huertano y montaraz de su paisaje. Siempre hemos contado y constatado la mucha vida que siempre hubo más allá de las últimas casas del pueblo, apartada incluso de los principales caminos. Una vida de huerta, de campo y de sierra que también ha contribuido a configurar y enriquecer la historia y la idiosincrasia de las gentes de El Palmar. Todas las memorias cuentan y algunas además, por su crudeza, tesón ante la adversidad y ejemplo de superación, deberían ser puestas en valor incluso con más ahínco; para que nunca caigan en el olvido.

Por ello, este curso nos propusimos profundizar en el pasado y la evolución de una zona muy concreta y singular de nuestra localidad de la que no se habla tan a menudo y, superando las expectativas que ya teníamos, nos hemos visto abrumados por el inmenso legado patrimonial y vivencial que este enclave atesora. Se trata de la barriada de San José de la Montaña, núcleo urbano nacido a comienzos de la pasada década de los 70 en la periferia serrana de El Palmar para acoger a los habitantes de las antiguas Cuevas del Cigarrón. Hemos dedicado varias sesiones a escuchar de primera mano cómo era la vida de aquellas familias que se fueron asentando en las entrañas pétreas de la rambla, descubriendo cómo salieron adelante y finalmente pudieron hacerse con una casa en condiciones. Hemos viajado a través de unos recuerdos en los que brillan además nombres propios de personas que brindaron un servicio asistencial y docente al barrio, que procuraron el cuidado de sus vecinos. Han fluido los apodos, los oficios, las costumbres, los afectos… y hasta el misterio de cruceros solitarios en mitad de un sendero, bajo los pinos, testigos de viejas historias de aparecidos.

Os invitamos a disfrutar de esta mirada al pasado de una barriada y unas gentes que han tenido y tienen mucho que decir en la historia local de nuestro querido y compartido Palmar.

La vida en las cuevas.

Cigarrón - foto2 pequeñaLa utilización de una cueva como vivienda entronca con el concepto más primitivo de hogar que pudiera tener el ser humano. Las que por aquí menudeaban fueron surgiendo allí donde la erosión del viento y del agua pudo iniciar un primer abrigo en la roca blanda y porosa que tanto caracteriza a nuestra sierra. Ampliar su cabida solo era cuestión de tiempo y de duro trabajo a base de pico y pala, herramientas normalmente prestadas y compartidas entre vecinos y moradores. No es el del Cigarrón de El Palmar un caso aislado, pues todas estas montañas al sur de la ciudad estuvieron siempre salpicadas de habitáculos trogloditas agrupados normalmente en torno a una rambla. Proliferaron además allí donde estos cauces confluyen con esa amplia franja de servidumbre que ha supuesto la importante vía pecuaria que recorre toda la falda del monte, el Cordel de los Valencianos: se trataba (y se trata) de un espacio cuya titularidad estatal propiciaba la ocupación sin necesidad de rendir apenas cuentas ante los dueños y encargados de las grandes fincas que esta ancha vereda atravesaba.

Otras concentraciones de cuevas próximas al Cigarrón estaban en Lo Pertiguero y en El Pocico de Sangonera, cuya consolidación como asentamientos podríamos catalogar de inmemorial y directamente vinculada a la vida nómada y pastoril propia de la trashumancia. Pero llegó un momento en el que hubo quien quiso echar raíces en ellas o tal vez no pudo echarlas en otro sitio, convirtiéndose por tanto en verdaderos hogares donde crecieron varias generaciones de palmareños. Por los registros parroquiales, en cuyos libros no se especificaría el domicilio de los feligreses hasta los inicios del siglo XX, hemos averiguado que ya entonces figura entre las partidas el paraje de Las Cuevas como lugar de residencia. También se ha podido saber, como dato curioso y gracias a la cartografía antigua, que a la rambla del Cigarrón se la ha conocido en otras épocas como “de las Higueras” o “de las Escaleras”.

En este barranco, esparcidas por un ámbito que quedaba delimitado entre La Paloma y Casa del Pino, de Los Melgarejos al llamado Corralón, llegaron a estar habitadas simultáneamente varias decenas de cuevas… y lo estuvieron hasta hace apenas cincuenta años. En un censo de 1960 se computan un total de 32 “chozas” (cuevas) habitadas por 125 personas. Las han venido ocupando familias de las que hemos podido escuchar testimonios, conocer sus apodos y establecer parentescos: los Felipes, los Bueyes, los Picardías, los Cenagares, los Lebrillanos, los Erizos, los Pachales, los Gorriones, los Guerreros, los Cadules, los Molinas, los Hernández, los Alcaldes, los Sandovales, los Serrano, los Lucas, los Izquierdos… todo un vecindario que terminó consolidando este lugar como barriada de nuestro pueblo. Leer más.

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